He visto un avión aterrizar y me he acordado de la poesía de aquellas mañanas en el ático, de la última llamada de madre y de mi vergüenza de mujer infiel.
Tan impresionantemente sola.
Me gustan los tangos de Gardel, las esclavas de tres vueltas, los sombreros blancos y los crucifijos que nunca me atreveré a descolgar.
Tengo días malos, son días aleatorios y escasos en los que pienso que todo va mal y con todo incluyo a todo lo todo; mi trabajo, mi matrimonio, mi cuenta corriente, mi salud, mi peso, mi cafetera…todo seguidito, como si tuvieran la misma importancia, pero es que son días malos, os lo he dicho.
Esos días me alejo de la felicidad como quien se aleja sin darse cuenta de la orilla: dos pasos, tres, y ya no haces pie. Un pensamiento, dos, tres y ya soy infeliz.
No hay olas ni fondos de mar traicioneros en mi mente, sólo hay palabras y son ellas las que me hunden, ellas construyen ese discurso interno que se empeña en convencerme de que mi mundo está torcido.
¡Cómo puedo esperar un salón luminoso al final si empiezo la pared con un “todo va mal”!
Todo lo pienso sola, en este estrepitoso fracaso vital no hay testigos.
Y aun así, pesa. Pesa muchísimo.
Todos vivimos entre lo que queremos y lo que podemos, como equilibristas que no saben si el suelo es firme o si la cuerda es demasiado fina.
Entre tanto discurso de que “querer es poder”, yo he decidido querer lo que puedo, como hacía mi padre.
Mi padre quería cosas que cabían en la mano, en su mariconera, en la vida real: el pan cortado sobre la mesa, siempre, las mantas del sofá de cuadros escoceses, que rascaran un poco y que mi madre nos vistiera iguales, como mellizas que se reconocían antes de mirarse.
Nunca quiso nada que no pudiera. Y ahora lo entiendo.
Si no me hablaba de las pirámides de Egipto ni me recitaba las ventajas de un coche de cinco puertas con seis marchas, no era que le faltara deseo; era que se protegía.
Un ejercicio de salud mental que hoy me parece una forma secreta de inteligencia: no desear lo que se escapa de las manos.
Pedro Salinas escribió: “La vida es lo que tú tocas”.
Supongo que mi padre lo sabía sin haberlo leído; Tocaba lo que tenía, lo nombraba, lo agradecía. Y así no se alejaba. Era feliz.
Si quiero vivir un poco mejor, que lo quiero tendré que empezar por hablarme mejor.
Es verdad. La lápida, la de mármol, la del nicho materno y el cristal también.
Se lo han llevado todo. Ya ves.
Hay que volver a encargar una lápida y ponerla, igual para que se la vuelvan a llevar, pero mi tia no quiere rezar frente a un muro enladrillado. La entiendo.
Amor y gratitud siempre: eso va a rezar la lápida nueva me dijo mi tía, quizás por la dificultad de recordar nombres, fechas y encontrar fotos de bisabuelas de luto o simplemente porque mi tía es genial y ha dado con el epitafio perfecto a mi entender de mujer intensa que se puede quedar enganchada con lo que le mueve, como este rezo.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
La intensidad no se disfraza la intensidad se vive y se escribe, me lo dijo él un verano en ese Madrid arrebatado, como nosotros. Todavía no se había muerto el cielo de Madrid ni los veranos ahí ni él.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
Me apetece retomar proyectos grises, que igual los llamé así porque andaba disfrazada de sensata o de cansada, pero la verdad es que yo me niego, es que yo me niego a guardar la candela para quien sabe cuándo.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
Me apetece contarle a la gente lo guapos y mayores que estáis y que habéis entendido aquello de que un dia cualquiera es toda la vida.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
Me apetece contar de aquellos años con sabor a naranja, de cómo mi deseo, como esa flor blanca, siempre estaba abierta a tus propuestas. Nuestro amor fue un experimento casi desesperado, como una cerilla encendida en un viento fuerte, como la mano en el sexo, como tú conmigo.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
Se me ha estancado un pena pequeña, quizas por eso, por pequeña se me estancado.
Recuerdo cuando me decías que por qué callaba, si de mis ojos caían las palabras de todas formas. Esa era mi forma de evitar el estanque. Y ahora no sé.
Y mientras mamá cuidaba las plantas.
Quiero robar todas las lápidas en las que no se hable ni de amor, ni de gratitud y reescribir su historia, como ha hecho mi tía, porque a veces las despedidas son apresuradas y no sabes qué poner. Hay una última vez para todo, pero casi nunca lo sabemos y acabar así me gusta; resignificando despedidas.
Mi madre siempre nos peinaba a mi hermana y a mi despejándonos la frente. Como fuera nos quitaba los pelos de la cara.
Nos ponía clips, hebillas, diademas, la gorra del revés…lo que fuera que nos dejara la frente bien limpia.
Mi hermana se quejaba pues su frente era ancha y no le favorecían mucho esos peinados.
“La frente ancha es señal de inteligencia” –le decía mi madre– y ahí que empezábamos a “medirnos” mi hermana y yo a ver quien ganaba en inteligencia.
Perdía yo “pues ya sabes; a hacer caso a tu hermana” –me decía mi madre– y la cosa es que en eso ando desde entonces, madre, en hacerle caso, de ahí que este libro se haya publicado.
Mis dos dedos de frente es un conjunto de poemas y textos cortos que he ido escribiendo a cada vuelta y revuelta de mi vida y que ahora publico porque “es bonito que la belleza se expanda” que decía aquel.
“Protege tu matrimonio” llevo días sacando esa frase en varios foros, desde el simple estado de wasap hasta en conversaciones sosegadas.
Eso es antiguo, eso es poco feminista, eso ya no tiene sentido alguno o, eso es lo que decían los curas a las mujeres que tenían por maridos a hombres infieles.
Eso me han dicho cuando lo he dicho “protege tu matrimonio”.
Proteger es resguardar de un perjuicio o peligro.
Matrimonio (sin entrar en debates) es la unión voluntaria para crear o mantener lo que sea que se decida crear o mantener, como una historia de amor por ejemplo.
¿Puede haber algo más bonito que resguardar aquello que se ha elegido cimentar de forma voluntaria?
Es bonito y es antiguo.
Pepe Mújica ha dicho que “nadie se salva solo”, Pepe Mújica es maravillosamente antiguo.
Cansada del hay que auto protegerse, del hay que salvarse uno solito y, sobre todo, harta del hay que saber marcharse a tiempo.
Nada es cierto.
A tiempo, además es pronto y solo pronto. No va conmigo. Soy lenta.
No vale hacerlo tarde, no vale demorarse y mucho menos vale, no marcharse. La tiranía del ego.
Te cuentan los que saben que hay que irse al primer error, no estar ya para el segundo y ni escuchar el eco del tercero. Pobre del que se crea que irse es sinónimo de ganar.
Irte de la falla, del trabajo, del grupo del cole, irte de tu matrimonio…
No se te ocurra elegir no marcharte, no se te ocurra ir en contra de tu taza de desayuno que te recuerda que si no fluye, no es por ahí.
Esperar, estar, escuchar, mirar, allanar y perdonar. No está de moda, pero es mi moda.
Proteger al amor del amor propio.
Soy una mujer antigua, pero que esperabais de mi si yo era una niña en la luna, perdida, insomne, majadera, ruin, inconsolable y con esa furia que llevan dentro quienes protegen su matrimonio.
A codazos, a patadas, con todos los noes o a cuchillo, pero no lo dudes; lograr abrir un espacio es indispensable para el amor.
Siempre que me enamoro me pasa lo mismo; no sé dónde poner al señor amado.
Me cuesta mucho adaptarme al reflejo en el espejo de la figura de un hombre afeitándose en mi baño, aunque le haya amado incansablemente desde hace meses (o años) me descoloca el momento de colocarlo en mi baño.
Llevamos años juntos y todavía -cierto que sin demasiados esfuerzos- me ve defender mi territorio.
La fortuna de este hombre que me ama y sonríe cuando me descubre mirándolo en el proceso de afeitado porque sabe qué estoy hablando conmigo misma diciéndome que es “como extranjero” o “desde cuándo me gustan tan morenos” o “qué diablos hace ahí si hay otro baño”.
Desde el principio supo que era urgente lo de trazar un círculo de tiza dentro del cual se sintiera a salvo de mí.
Lo hizo con la dulzura que esconde tras su aspecto rudo.
Conseguí, por ese dulce hacer, acomodarme el desorden de batalla de su vida.
Nos apoyamos.
Nos protegemos.
Nos acompañamos.
Crear espacio es querer amar si cambiar.
Es saber que la adaptación es la forma de construir un amor “a una sola vida”
Hizo cambios, hice concesiones y viceversa.
Sabe de la línea que separa el burlarse suavemente de mis manías como la de dormir con calcetines hasta en agosto, de criticarme.
No me dice “otra vez estás así”, me dice “estás así y otra vez estoy aquí”.
Discutimos con nobleza.
Sin él no estaría tan tranquila porque se ocupa de las cosas que me asustan, desde aquellas que le cuento cuando hablo dormida –qué no menciona, pero resuelve– a esas otras del día a día como tener que hacer la cena, que simplemente se me olvidan.
Nos amamos a pesar de que a los dos nos sigue sorprendiendo, nuestra enorme presencia o tal vez sea por eso.
¿Cómo va a llenar tu vida el amor si no le dejas un espacio para ello?
Están siendo semanas muy convulsas para mi en las que los cambios me están llevando a despedir y a renunciar en exceso.
Me toca marcar con otra tiza en otro suelo la escalera de mis sueños o ni eso, a campo abierto me hayo en pleno febrero que no era verdad lo del camino de baldosas amarillas.
El cambio ha comenzado (la vida es extraordinaria)
-He abandonado el rezo e iniciado los pasos.
-He olvidado el cielo azul como único punto de partida, el viento y la lluvia de ahí fuera me trajeron, aquí al lado, tu respiración.
-He aceptado la posibilidad de ser yo misma y serlo de una p*t* vez.
– Necesito libertad, esperanza e ilusión más que el pan, el aire o el sueño.
Cambiar es dar sentido a todo aquello que digo no saber.
Cambiar es no vivir de prestado.
Cambiar lo que elijo porque ya sé hacerlo, que puedo hacerlo y que puedo hacerlo hasta sentir que me pertenezco, como razón única para hacerlo.
Este febrero me ha tocado escuchar el NO mayúsculo a todo aquello que quizás algún día hubiera podido suceder.
Ya nunca será ahí ni así, pero tengo tanto que hacer, todavía.
Yo ya no soy lo que era, afortunadamente porque si llego a estar igual que ese día de año nuevo del 2020 en el que me monté la historia de la cebra, solo significaría una cosa: me he convertido en una gata-cebra de escayola.
Cada uno cuenta la feria como le va en ella, cierto, pero soy más bien que hace esos tres años.
Seguro.
Ese veinte del veinte que nos imaginábamos redondo y que te voy a contar…las ilusiones tras la pandemia empañadas por lo de Ucrania…ahora sube el salario mínimo, baja el paro y también algo la inflación y ni así vuelve a ser lo que era.
Sé sobrevivir, pero no me basta.
Quiero soñar, quiero recuerdos, quiero que me cojas de la mano y me digas que no todos los días salen bien mientras me arrullas en una noche de frío invernal.
-Pasaría la vida calentándote a ti, me dices.
-Yo es que vengo de patinar sobre hielo y nunca me he perdido tanto en vida, te digo.
-Deja que te diga la verdad; esa mierda ya no existe.
Apoyada en el lavabo se secaba la cara con papel secamanos que no daba a basto, para secar las lágrimas que le caían.
Qué difícil se me hace no preguntar y qué fácil adivinar.
– Es por un chico, Lola ¿Verdad?
– Más o menos.
Y me lo cuenta y la escucho y le digo que me importa y no la juzgo.
Le ha dicho a su novio que le quiere, que le encanta, que tiene una sonrisa preciosa, que le hace sentir libre y bonita, que esa cicatriz en la ceja le da un aire salvaje…
Lo ha dicho en público, en un muro, en una red social, en abierto o como sea que se diga, pero que lo ha leído mucha gente (que vete tú a ver dónde lo podía poner la chica, bando en el barrio ya no hay)
¡Ay, la gente! “Mucha gente” me dice, sin dejar de gimotear.
Soy la ñoña, la facha, la exhibicionista…y lo ha borrado –por nuestro bien-
Glup, glup, glup.
Mi querida Lola, escucha un segundo y luego sigue llorando hasta que no quieras llorar más, pero ahora escucha: las cosas tienen nombre y hay que nombrarlas para que sean.
Lo que no tiene nombre no existe, lo que no se dice no se sabe y no has hecho nada malo.
Es esta sociedad “pro hacia dentro” la que tiene la culpa de que tú, Lola, andes llorando por poner palabras a lo que sientes.
Si no te salen las palabras (sean cursis, simplonas o de tercero de poeta) para explicar lo que sientes, es que no sientes nada, porque recuerda: los sentimientos tienen nombre.
Si tu novio tiene la cicatriz mejor hecha de todas las cicatrices…¡Díselo! que igual toca empezar a revolucionar los afectos de una puñetera vez y olvidadnos de tanto callar o, más peor, borrarte “por tu bien”.
Así es como se ama, poniendo palabras.
Y por último, acepta un consejo mío, que sí es válido darlos cuando sabes qué zapatos calzas (que a mi me borraron, también)
Escucha; si no paras se echar leña a la estufa y no da calor: cambia de estufa.