
Ya salió mi mala leche o mala baba, que dice que mi amiga y lo hizo cuando no le tocaba, porque quienes la tenemos vivimos obligados a esconderla que libre y hambrienta nos da problemas.
Llevo tapándola mucho y más estos meses que ya ni escribo con ella.
Para que no me la acabe creyendo –me recomendó mi psicóloga– ya que, si dejo por escrito toda la mala baba que me generan ciertas personas con sus actitudes o me da por reivindicar con sorna todo aquello que creo justo me cuesta más quitármela de encima, la baba amarga.
Es buena técnica, en serio, dejar la mala leche sin voz ni palabras, para que así me moleste menos.
Ser adulta y no molestar. Ninguna de las dos cosas me hacen gracia.
Intento apaciguarla, no sacarla mucho y estar atenta de elegir muy bien a quién me rodea, por si me escucha en pleno ataque, porque soy sensible o idiota y me afectan las ráfagas de verdad cuando me dicen que “me paso” (de mala leche)
De ahí a sentirme mal por tenerla hay un paso y a la lágrima otro y a terapia otro para repasar lo de siempre “es que si mi hija no fuera tan así, con lo mona y lista que es….”
Pocos hay que saben acariciarla sin alimentarla, qué feliz con ellos, con ella.
Pocos son los que saben jugar con ella y se nota, se nota que les encanta y yo hago notar que me encantan.
Mi mala baba es mi ser más real y más irreal, mi escudo ante el miedo, mi inteligencia más espontánea, mis carencias y mi vergüenza.
Mujer de alta demanda, quizás
Quédate a mi lado, pero también quédate con eso tan mío y aprende a dejarlo en paz y a abrazarlo, pero sobre todo mírame a los ojos que debajo de tanto carácter hay muchas más cosas.